
De Miguel Serrano (para verlo en 2004, pinche aquí; y para verlo en 2006, acá)
En la década de los años sesenta del pasado siglo, el escritor chileno Miguel Serrano (1917) quien se ganaba la vida en funciones diplomáticas al servicio del Estado de Chile publicó por primera vez su libro La flor inexistente. Lo hizo en Londres, pese a ser un texto escrito y editado en castellano. Hoy la flor de Serrano de nuevo ha salido de imprenta, pero en esta ocasión desde una situada en Santiago del Nuevo Extremo, como originariamente se llamó nuestra ciudad capital y como aparece aludida en esta flor. Y quisiéramos citar aquí, de sopetón, "unas hartas líneas" de las primeras que se despliegan en las páginas del ejemplar, para que ese texto "se diga por sí mismo" y presente la escenificación por la que se abre a nuestros ojos y conciencia. ¿Cuál escena? La de un niño-personaje que entra a las trastiendas del tiempo, a lo que llamamos "recuerdo", tras jugar en un jardín acaso mágico y ciertamente simbólico:
"Junto a la casa había un jardín. Mis primeros compañeros de juego fueron las raíces, las hojas y esos espíritus de la naturaleza que hablan a los niños. Un día, del interior de una flor asomó una mano y me hizo señas para que me aproximase. Un niño no se asusta de eso; no me extrañó, pues, ver la mano. En cambio, me preocupó que la invitación fuese para entrar en la flor. Poco después, la flor se deshojó. Quise recoger sus pétalos y reconstruirla; pero me fue imposible. Pensé entonces en armar una flor de papel pintándola de colores vivos. Muchos días pasé en mi trabajo, hasta que la flor estuvo terminada. La llevé al jardín y la puse en el lugar donde apareciera la mano. Si la flor hubiese estado bien hecha, la mano volvería a asomar. Pero la mano no vino, no retornó más. Mi flor no podía compararse con las del jardín, pintadas por el buen Dios. En aquel momento dejé de ser niño y no pude seguir conversando con las plantas, las raíces, los espíritus, ni con las manos que aparecen y desaparecen en los jardines. Había entrado en competencia con la naturaleza y con el buen Dios; había contraído, sin saberlo, el compromiso mortal de crear una flor".
Desde este patio, tangible a través de las palabras que lo describen, comienza un conjunto de peripecias que involucra al hablante con nombres y sucesos del pasado, sean de carácter histórico Pedro Sarmiento de Gamboa o la conquista de Méjico por Hernán Cortés, por ejemplo, o de origen más personal, aunque transfigurados por la pluma del autor; entre estos últimos, la presencia de Jasón Héctor Barreto, antiguo amigo de Serrano muerto violentamente en las lides políticas y callejeras de las primeras décadas del siglo xx. O bien la Princesa Papán, que "era hermana de Moctezuma, el rey azteca de la ciudad de Tenochtitlán". De ahí a Los Andes o a los Himalayas sólo resta avanzar en un relato cuyas páginas fueron adornadas (y complementadas) por las ilustraciones de Julio Escámez, otro viejo valor sobreviviente de casi cien años de la historia chilena, aunque resida desde la década de los años setenta en Costa Rica.
A modo de postfacio y citando varios pasajes de la flor, Armando Uribe intenta probar la excepcional vena lírica de Serrano, titulando su aporte a esta edición: "El poeta en su prosa". (Si desea leerlo íntegro, entre aquí.)
Ojalá quiera usted conocer La flor inexistente, que Beuvedráis, en parte como homenaje a su autor, coloca de nuevo al alcance de quien se interese.
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Para leer “Sobre la poesía de Miguel Serrano”, de Cristián Arregui Berger, vaya por acá.
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Si quiere leer el comentario de Andrés Gómez a La flor inexistente, entre aquí.
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Si desea leer el comentario de Adán Méndez a La flor inexistente, entre acá.
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