Delirante Experiencia Poética-Genética

Por Ignacio Rodríguez

Voy a hablar de un libro desconcertante, lo que no es poco decir de un libro. Lo he leído muchas veces, y cada vez se me escapa otro poco, al mismo tiempo que genera en mí un nuevo impulso de lectura. ¿Qué hay en él que por momentos se me figura una gran tomadura de pelo y luego, casi de inmediato, un esclarecido registro de las glorias y calamidades de la modernidad? No sé pero me atrae, y hasta me fascina. ¿Será porque le pone piso a ese viejo sueño de la cultura occidental —que todos de una u otra manera hemos aprendido a soñar— de construir un ser humano? Se dice que Descartes lo perfila como materia más espíritu, que Kant sustituye su espíritu por una inteligencia, que el industrialismo le añade un cuerpo y una fuerza de producción, que las revoluciones políticas le dan una existencia jurídica, que Hegel lo adereza con una conciencia histórica, que Marx le agrega una conciencia social y Freud, finalmente, un inconsciente y un sexo. La criatura de nuestra obra es una máquina, es cierto, pero una máquina que “se mira en el espejo / soberbia de belleza, / complacida en los más profundo de sus circuitos”, y que en un magnífico diálogo con su creador se nos revela más sabia que todos los sueños de las personas, deseosa ella misma de poder soñar, capaz de reproducir a la perfección “La asunsión” de Tiziano, de medir sin margen de error la costa de Bretaña, de enamorarse de un satélite y de llegar a preguntarle al autor de sus días: “¿Soy una mujer?”. En otro pasaje, ataviada con el casco de oro de Alejandro grita liberté, fraternité, egalité, mientras rechaza dignamente un diploma —pues desconfía de la academia— para terminar, un poco histérica, autodenominándose Lucrecia.

¿Hacia dónde nos conduce todo eso? Pues hacia una Frankenstein cibernética con delirios de santidad —en sus ratos libres lee el “Libro de horas” de María de Navarra—, arrebatos de rebelión juvenil y problemas de identidad, dispuesta a operarse, aunque no sabe si de acuerdo con el modelo de la Venus de Boticelli o de Sofía Loren. Hacia una máquina, en definitiva, que reúne en sí todas las contracciones y todas las conquistas de la hsitoria, y que representa al engendro que el hombre mismo ha llegado a ser desde que dejó de ser contenido de un dios en el que ya no cree, perdido en un mundo sin soportes, arrasado —“Los bulldozers… levantan paisajes”— por las fuerzas del azar y del terror. Y todo esto en un contexto matemático-simbólico que va desde Pitágoras hasta la teoría del caos y la inteligencia artificial, donde el laboratorio del científico cada vez se parece más a la torre de Babel y a la cocina del alquimista, lugar apto para la verificación de una delirante experiencia genético-poética tras la búsqueda, ahora, del paraíso cuántico, otro paraíso más en la desesperada y ridícula trayectoria de la criatura humana por este “valle de lágrimas y cricificados”.

¿Desemboca finalmente la modernidad en la hechicería de los clones? ¿Es la ciencia una Celestina concertando con malas artes un matrimonio entre seres de carne y hueso y sus dobles cibernéticos? ¿Podrá el hombre, en ausencia de su creador y arrinconado en sus pesadillas, sobrevivir? El libro que aquí comentamos no nos entrega la respuesta a estas interrogantes, pero sí consolida el humor y una especie de algoritmo poético para decirnos con sorprendente eficacia que toda la verdad se ha perdido en los diez días que le robaron al calendario.

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El MERCURIO, “Revista de libros”, pág. 11, viernes 19 de marzo de 2004.

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