

Por Armando Uribe Arce
Leyendo este libro de Francisco Véjar se comprueba que es un verdadero poeta chileno, capaz de proseguir, a su manera, la gran tradición de la poesía chilena que comienza a principios del siglo XX y que, comparada con la de otros países, ha manifestado una excepcional continuidad en varios de sus rasgos.
País insomnio es una obra distribuida en tres partes, dos de las cuales la primera y la tercerareúnen conjuntos que se sostienen por sí mismos, mientras que la segunda introduce a través de “aproximaciones”, como las llama Véjar, versiones de poetas en lengua francesa que de una u otra manera han motivado a poetas mayores, algunos ya muertos. Es el caso de aproximaciones como la de René Guy-Cadou, que fue muy preferido por Jorge Teillier, y, en versiones más numerosas, textos de Jean Tardieu como “El viaje sin retorno” y “Sombra”. Este último poema tiene un interés particular porque en cierto modo describe a través de un texto ajeno lo que contiene País insomnio. Dice Tardieu-Véjar: “Franja invisible / temblorosa de secretos, / el ausente que te ruega / y te ha conducido / bañado en su sombra / a través del día, / unido en silencio / a todas las hojas, / a todas las piedras / y a todos los tiempos, / ¿no es siempre / esa vastedad de ti mismo / donde te has perdido?”.
El interés por lo invisible, la ausencia, el silencio y también la naturaleza y el tiempo, todo da cuenta de la vastedad del poeta, en la cual se ha perdido. Pero, a la vez, el conjunto recupera ese extravío y como si fueran hojas, como si fueran piedras, reúne los fragmentos de una pérdida que con el libro se transforma en recuperación. Así por ejemplo, “Lo que olvidé decir antes de partir” comienza con la frase: “Soy el doble que alguien ve en la multitud / a la hora del vértigo: peso y cielo desfallecientes. / Pero cualquier cosa es motivo de alborozo”. En ese mismo poema, el autor describe lo visto y lo vivido: “un payaso, un organillero, el crujido de una hoja (…) / Cualquier cosa debería contentarnos /el vapor de una taza de café, (…) / una postal llegada desde Europa”. Y termina: “Hay algo subterráneo en Santiago, / rostros inimaginables, muchachas rapadas, ciegos; / seres que como nosotros creen alejarse por un instante / del frío, del miedo y de la muerte”.
El poeta no sólo describe geografías y hechos. Muchos, si no todos los poemas de País insomnio, contienen preguntas que a veces no necesitan signos de interrogación. En general, se refieren a grandes asuntos que me atrevo a llamar de orden metafísico, como ocurre en los poemas a la muerte de la madre en Tala, de Gabriela Mistral, en Altazor y otros poemas de Huidobro; en la sordidez de lo que relatan algunos antipoemas de Parra, y en el propio Neruda de Residencia en la tierra (“Entrada a la madera”, por ejemplo). Y n o cito más nombres para no transformar esto en un examen general de la poesía chilena.
Hay, al igual que en libros anteriores de Véjar, reminiscencias de canciones y música oídas y textos leídos, como en el último poema del libro cuando escribe: “Bajo la música del Duque y de las páginas de Vian me escondo / entre la sombra de personajes que bailan hasta desaparecer”. En general, en el total del libro, las líneas de cada verso son más extensas que en obra anteriores del autor. Tengo la impresión de que la respiración su poesía se produce más naturalmente en estas líneas extensas que en las breves, salvo las valiosas “aproximaciones” de Tardieu. Con este libro, Francisco Véjar se sitúa entre los poetas considerables que están vivos en este país insomnio, donde algunos pueden mantenerse despiertos, en vigilia, vigilantes y otros duermen como inanimados o como pura materia.
---
El MERCURIO, “Revista de libros”, sábado 5 de agosto de 2000.
---