
por Cristián Gómez
Con este nuevo libro, Francisco Vejar no hace más que apartarse del dictamen de Auden: “Un arte que no reflejara cuidadosamente el mal no sería arte grande”. Y lo hace con todo el aplomo que le confiere la publicación de éste, su sexto libro, enrumbado al parecer ya definitivamente la senda de una voz más y más personal. Y es que el mal que Auden proclama como norte se cuela por estas páginas, pero de un modo singular y propio. El sujeto de estos poemas (¿quién?) se pierde por la ciudad con todo el tiempo del mundo, ajeno a la neurosis de la urbe. Se es, inevitablemente, parte de un tejido social que se expresa en estas obligatorias avenidas y su contraparte: la playa, el mar, libertad y utopía. Casi podría decirse que esa playa está incluida en la ciudad, como un apéndice necesario de ella, una suerte de descompresión de cierto ritmo sofocante que imponen los buses y las multitudes. El largo trecho del insomnio se hace sino aceptable, soportable al menos para un sujeto que utopiza permanentemente sus espacios. Aún más, diríamos que el hablante de este país nos lleva de la mano, si estamos de acuerdo en ello, a recorrer y recrear una geografía que aún está por decirse. Con algunos matices, esto es lo que ha venido haciendo Vejar desde sus últimos dos libros hasta ahora. Tanto en A vuelo de poeta (1996), como en Canciones imposibles (1998), el poeta explora los recovecos y meandros urbanos para hallar en lo posible un callejón con salida, o al menos la promesa de éste. Ya en su segundo libro, Música para un álbum personal, se incluía el poema “Un día en que el tren se lleve nuestras máscaras” (del que más tarde Oscar Hahn se valdría para rescribir una maravillosa y nueva versión en su libro Versos robados, bajo el título: “En una estación del metro”), donde el ambiente citadino no es otra cosa más que la persecución de una brújula, el anhelo de un mapa. Este deseo o esta utopía, si se quiere, con apego a la etimología del vocablo no bien se concreta es puesto en cuestión: “Soy el doble que alguien ve en la multitud / a la hora del vértigo: peso y cielos desfallecientes”. La poesía de Vejar pretende, pero no alcanza su objetivo (lo cual es antes un mérito que un defecto). De ahí, entonces, que la relación entre existencia y lugar no se sea finita o concluida, sino más bien un proceso en que tal vez sea el lector quien deba dar el último paso.
Virgilio Piñera, entre otros, exigía, por parte del poeta, la creación de un mundo propio como requisito prioritario para hablar del logro estético. A nuestro modo de ver, Vejar cumple con creces este punto. Ni siquiera en el acápite de las traducciones, que podrían suponerse como antojadizas, ociosas o sin relación alguna con el resto del libro, se pierde el tono general del insomnio. Los poemas de Tardieu, Giroux y Guy-Cadou, traídos al castellano por el mismo Francisco Vejar, reúnen cada uno de ellos las mismas líneas que siguen los de Vejar.
Así la continuidad de este largo libro que viene escribiendo Vejar, a partir de su primer Fluvial, se sostiene con la actitud de este hablante que hace años está volviendo desde algún lugar hacia otra parte (la playa, el sur, el hogar, en suma, lo protegido) como si su poesía fuera la crónica permanente de un inconformista acomplejado por el virus de Emma Bovary. La pasión por lo otro y por el otro que al fin de cuentas podría ser uno mismo, es la verdadera pasión de los poemas de Vejar.
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Revista Rocinante, septiembre de 2000, pág. 19.
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