

por Bruno Cuneo
Desde que Edgard Lee Masters publicara en 1915 su Antología de Spoon River no se habían visto en poesía tantos ataúdes como en los últimos libros de Armando Uribe. “Hay más ataúdes que en cementerios de localidades perdidas” ha declarado él mismo. Ambos poetas nos recuerdan, y el momento a menudo es poco grato, que cuando la precariedad y decrepitud de los hábitos acusan ya una inminencia de la muerte que trasciende al sujeto privado y acecha sobre el cuerpo social, el cementerio, y no sólo el nicho, es el microcosmos de una vida en las que “las únicas banderas que flamean son las del luto”. Panorama tanto más desolador cuanto que Uribe ni siquiera deja intacto al luto, máscara satinada tras la cual se parapeta el miedo, y ninguna tumba capaz ya de epitafio. La anomia toda se paga aquí, con anonimato. Y de allí que en estos poemas nada hable de un camposanto, osario o relicario, sino sólo del emblema barroco, atestado de huesos y guadañas, en el que la vida ha venido a retratarse; un tremebundo medallón cuyo único y legítimo exergo reza: “Estamos viejos y no estamos muertos es un estado incómodo”.
En este sombrío verso se articulan Los ataúdes / Las erratas, “dos libros sacados de quicio”, aunque su quicio sea siempre el mismo: La espera sin esperanza de la muerte, que es tra manera de decir “desesperación”. En efecto, lejos está Uribe en estas páginas del “muero porque no muero” de Santa Teresa de Ávila, de la piadosa resignación de Job o de la furibunda terquedad de Dylan Thomas. Antes bien, el esencial escalofrío que las recorren, porque la muerte acecha pero no acomete, habla de una espera sin más recompensa que la certeza de una negatividad absoluta: “Que no se diga que la caja / donde está el cuerpo para siempre / es el lugar de la persona muerta. / Es como un basurero. / En él que es como huerta / donde hay hierbajos secos y paja / mojada de la muerte, no se siembre / nada porque ese suelo es suero” escribe el poeta en Los ataúdes. En Las erratas lo que no debió se ni dicho, la caligrafía de la muerte que tacha la mala prosa del mundo no hay a este respecto ningún reverso sino más bien un ahondamiento. Especial atención reclama allí la constante evocación de la Parca, mítica hilandera de cuyo oficio pende nuestro destino, que opera siempre a contrapelo de lo que dijera Hölderlin en su “Valor poético”: hace largo ya que ha dejado de ser propicia a los poetas “Tierra de prostíbulos a la intemperie y espectáculos comerciales / en que las putas mueven sus caderas / como carretes sin hilo / mientras las que en otras épocas se llamaban parcas siguen siendo animales / que estiran los hilos flojos y los cortan con sus grandes tijeras de doble filo. / ¡Y estas tierras son éstas en donde vivimos / sacándonos los ojos, tapándonos orejas y otros orificios!”.
Versos éstos que reenvían de una vez a Las críticas de Chile, libro publicado por Uribe algunos meses antes de Los ataúdes / Las errratas. Su tono es una vez más “lapidario”. Parafraseando a Apollinaire, Uribe escribe de Chile “como Picasso disecta un cadaver”. La vida política, social y sexual, yacen expuestas sobre la acerada mesa del poeta-legista como gélidos miembros mutilados y a despecho de una unidad remota que conjura la nostalgia: “¿Y qué fue del chileno / viril, culto, vernáculo, / señor de alguna tierra / que sabe algo de leyes / tranquilo? Se acabó, estará enterrado…” Pregunta tanto más legítima cuanto que su refutación no se ve por ninguna parte. Confiscados como estamos por la mediocridad, la frivolidad y la promiscuidad, Uribe no oficia aquí más que como el Viejo Teresias, y algo hay en él también de Edipo.
Enrique Lihn decía que había escrito poesía así como otros se suicidan o se vuelven locos. ¿A dónde le conduce a Uribe el testimonio omnipresente de la precariedad? A defender quizá, como otrora Karl Kraus en su Kakania, el derecho de los nervios, a denunciar cada una de las molestias cotidianas. En el temblor al que un afán semejante nos somete quizá trasunte también algo de visión imperturbada, una finta de solaz, tal vez no más que un espejismo, “…la trunca visión de los bambúes quebrados-poesía”.
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EL MERCURIO, “Revista de libros”, pág. 3, sábado 8 de enero de 2000.
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