La Nariz

por Hernán Poblete Varas

Dostoievski dijo que la literatura rusa de su tiempo nacía bajo el abrigo de Gogol: afortunado juego de palabras para señalar el influjo del escritor caucasiano y de una de sus más notables novelas breves, El abrigo.

Junto a ésta el relato titulado La nariz es una de las obras maestras de su autor y, posiblemente, una de las más revolucionarias de la época, acaso vinculada al mundo fantástico de Von Chamisso y El hombre que perdió su sombra. Ambas crean un mito que escapa a toda realidad, lo que ya podría ser motivo de escándalo para la mentalidad pedestre del mundo social que los rodeaba.

La historia comienza con dos prodigios: El barbero Iván Iákovievich se levanta con hambre y decide tomar por desayuno un buen pedazo de pan con cebollas. Al cortar el pan, todavía caliente, se encuentra con que en su interior hay una nariz. Sí, una nariz humana tan real y verdadera que podría haber estornudado ante el olor de la cebolla.

Al otro extremo —particularmente social— de San Petesburgo, el Mayor Kovaliov, al contemplarse de mañana al espejo de su tocador, descubre que entre sus mejillas no hay nada, o más bien sólo hay una superficie plana, monda y lironda. Se le ha esfumado la nariz. De ahí en adelante vendrán las desdichas del Mayor Kovaliov en busca de la protuberancia perdida, mientras trata de ocultar su plano rostro a las miradas del prójimo.

Para casi todos los lectores, la fábula de Gogol es conocida. Lo que importa, situándola en su tiempo específico, es lo que ha nacido aquí, con ese divertido relato: la literatura del absurdo con anticipos de surrealismo, a la vez que Gogol hace un retrato social de su mundo y de su tiempo, con una bien administrada ironía. Era un observador genial, que jamás perdía el sentido del humor.

Agreguemos que la traducción es ágil y correcta, aunque se deslicen por ahí unos “panties” que poco tienen que ver con aquellos imperiales tiempos.

El prólogo de Irmtrud König es una eficaz ayuda para adentrarnos en el espíritu de la época del admirable creador de Las almas muertas.

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EL MERCURIO, “Revista de libros”, pág. 10, sábado 9 de diciembre de 2001.

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