

Por Adán Méndez
Inédita en Chile por 40 años, La flor inexistente, mítica obra del escritor nacional, llega ahora a hacerse cargo de su leyenda.
En el interesante y prístino postfacio a este libro, Armando Uribe destaca las facultades poéticas de Miguel Serrano, y entrecoge una buena cantidad de fragmentos poéticos que encuentra en La flor inexistente, señalando que fácilmente podrían multiplicarse. Y es así efectivamente, sin duda el mérito mayor de este libro descontando el saber oculto que pueda o no contener, del que poco sé es su poesía. Poesía en el más acrítico de los sentidos: una poesía hipnótica, aquello que precisamente suelen las mayorías silenciosas entender por poesía. En casi todo aspecto, cabe señalar, algo enteramente opuesto a la poesía crítica y autocrítica que el propio Uribe practica.
Además, se trata de una narración. No estoy nada seguro que tanta poesía, así entendida, sea virtud en un relato. El lirismo tiende a diluir en el ensueño, a crear un medio indiferenciado, en el cual, de partida, los personajes tienden más a desaparecer que a distinguirse, y sin personajes no hay drama. Sostengo que más de cinco páginas sin drama, empiezan a serlo. Una novela de iniciación, género de por sí catete aunque muy capaz de entregar obras maestras, como Encuentro con hombres notables, Las enseñanzas de don Juan, Demian, necesita sostenerse en un individuo concreto, una persona reconocible, que va aprendiendo algo, con familia, situación económica, pulsiones personales, enamoradas, amigos, enemigos, poseedores también de semejante contexto. Y el humor siempre es necesario. En La flor inexistente no encontramos nada de esto, sino sólo buenas y a menudo, muy buenas alegorías, más o menos hiladas unas con otras. Y magnífica la última, “Los confines”, a la que un saludable influjo kafkiano convierte en el quizá mejor momento del libro. Notables también algunos monólogos de náufragos y capitanes.
El diseño de la edición, bonito, pero algo alejado de los diseños inteligentes que luce la editorial Beuvedráis, incluso puede llevarnos a asociar este libro a esa, horror de horrores, “literatura infanto-juvenil”. En este ámbito, Miguel Serrano irrumpiría como un elefante africano para pánico de los pigmeítos de Isabel Allende. Y por cierto, infinitamente preferiría que fuera este libro la lectura recomendada para los niños de mi patria. Sin embargo ello no ocurrirá, porque los profesores pensarán que es difícil, que se nombran demasiados héroes, dioses y culturas; porque intentarán encontrar algo más allá de su música sublime y única, por lo cual preguntar a sus alumnos, y no lo hallarán. Yo tampoco, pero quisiera que esos alumnos conocieran esta música.
Cuarenta años permaneció inédita en Chile La flor inexistente, pero brota ahora para regocijo de los selectos y crecientes lectores de Serrano; entre los cuales contamos varios que consideramos a la literatura iniciática o de revelación “mistagógica” señala Uribe un género entre otros. Un género ni más ni menos importante que los relatos policiales, por ejemplo; o que, también por ejemplo, los picarescos. Un género, en definitiva, que no debiera prestigiar de por sí a los libros que a él se adscriben. En su género, a eso quiero llegar, La flor inexistente es una obra más bien menor, aunque de un autor indudablemente mayor, y logra por momentos despertar el bovarismo que siempre despierta la gran literatura.
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EL MERCURIO, “Revista de libros”, pág. 9, viernes 15 de octubre de 2004.
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