

Por Cristián Barros
Incuestionablemente, Marcel Aymé (1902-1967) fue uno de los mejores prosistas en lengua francesa durante el pasado siglo. Su estilo es seguro, denso, impresionista y cargado de un refinado humor negro. Proliferan en el universo de Aymé unos pequeños villanos de suburbio, simples hijos de vecino que, a la primera tentación corruptora, ceden ante el influjo del mal y terminan por convertirse en víctimas de una espiral de fracaso y delirio. Por contenido, su obra se inscribe en la gran tradición picaresca; no obstante, el equilibrio formal y claridad de exposición que caracterizan a sus nouvelles hacen de Aymé un clasicista. Autor poco conocido fuera de Francia, ha sido gracias a los oficios de la traductora Catalina Uribe que tenemos ahora una versión en castellano de El vino de París, colección de relatos ambientados durante la Ocupación y el régimen de Vichy.
Bajo una luz cruda e irónica, aparece retratada la fauna de los bajos fondos, una verdadera corte de los milagros compuesta de ex colaboracionistas, criminales virtuosos o simples vagabundos que conjuran el hambre visitando pinacotecas de natures mortes. Asimismo, no escatima Aymé sus dardos contra la pequeña burguesía, ni soslaya tampoco el dibujo, fiel hasta el ridículo, del beato de barrio, o del consejero de almas, o del empleado contable que toma la justicia en sus manos. Cada relato es, por llamarlo de algún modo, un estudio sobre la metafísica de las costumbres, sobre cuyo desenlace gravita, perplejo y enternecedor a la vez, un halo de ambigüedad moral. Nadie en Aymé es totalmente culpable, y sin embargo la virtud resulta una mera superstición. Aymé suscribe una especie de anarquismo pesimista, y sus personajes sólo alcanzan la humanidad a través del tráfico con lo mediocre o lo siniestro.
Mención aparte merece la prolijidad invertida en la presente traducción, cuya fluidez contribuye a resaltar los méritos del estilista y del gran retórico que era Aymé. Deliberamente acriollada, la versión de Catalina Uribe mantiene el tono fresco y espontáneo del original, sin por ello perder rigor. Se trata, en suma, de un libro amenísimo, que contiene en sí las cualidades de una caja de sorpresas.
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EL MERCURIO, “Revista de libros ”, pág. 16, domingo 15 de abril de 2007.
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