París Canalla

Por Juan Manuel Vial

No es común que un sello chileno publique literatura europea de primer nivel, ni mucho menos que lo haga con la personalidad suficiente como para también proveer la traducción. Pero así no más obraron en Beuvedráis Editores, al dar un paso adelante y presentar El vino de París, un libro intachable que reúne ocho nouvelles --cuentos largos o novelas cortas, según se prefiera-- del autor francés Marcel Ayrmé, de quien casi no existe material publicado en castellano, pese a que en su país es considerado una figura relevante. Para mayor gracia, la estupenda traducción que emprendió Catalina Uribe es un tributo a la lengua chilena, con lo que el lector nacional está completamente a salvo de la insoportable carga de españolismos que proveen muchas de las traducciones efectuadas en la península ibérica.

Además de estar relacionado con una producción respetable de nouvelles y novelas, el nombre de Marcel Aymé está ligado indisociablemente al mundo del teatro: una vez finalizada la Segunda Guerra, el autor se dedicó casi por completo al género teatral, actividad que lo llevó a cosechar los mejores éxitos de su carrera como escritor. Tal vez debido a ello, a la consagración en un patio medianamente lejano de la prosa, fue que las nouvelles de Aymé pasaron a segundo plano, omisión del todo injusta, ya que es precisamente en aquellos relatos donde es más fácil distinguir dos cualidades superiores en la narrativa de Aymé: un humor oscurecido a punta de brochazos asesinos y aquella frialdad a toda prueba, propia de un maestro en autopsias.

El vino de París contiene nouvelles ambientadas principalmente en el París ocupado por los nazis, aunque la mirada de Aymé rara vez se detiene en los soldados alemanes. Si bien es de público conocimiento que en esa época el autor escribía para un periódico colaboracionista, así como tambíén se sabe que alguna vez el hombre se autodefinió como "anarquista de derecha", no es necesario enunciar razones políticas para encontrar una explicación a la omisión señalada. Aymé, un tipo de ideas fijas, sólo se empecinó en demostrar que, bajo ciertas condiciones impuestas por la ocupación alemana, algunos parísinos comunes y corrientes podían transformarse en personajes especialmente abyectos, aunque no por ello despreciables del todo.

Un asesino que anhela una vida que lo mantenga alejado "de cierta disposición a la indiferencía --índiferencia hacia el otro como hacia mí mismo-- al fondo de la cual percibo claramente una vocación de mendigo"; dos tipos que se ganan unos francos en el mercado negro transportando un chancho descuartizado en cuatro maletas; Duvilé, ese buen hombre que sólo "veía vino tinto" y, en consecuencia, imaginaba que cada transeúnte era una botella de bourgogne "o una fina botellita de vino de Alsacia"; el falso policia que se tomó demasiado a pecho su oficio autoimpuesto, con lo que terminó convertido en un exterminador. Así son los personajes de Aymé: gentes que, apuradas por las circunstancias, recurren de manera muy natural al crimen espontáneo, eso si es que antes no alcanzan el estado de la locura.

El humor y la cuidada prosa de Aymé quedan muy bien expuestos en el primer párrafo de "La Gracia", uno de los relatos más memorables de El vino de París: "El mejor cristiano de la calle Gabrielle y de todo Montmartre era, en 1939, un cierto señor Duperrier, hombre tan piadoso, justo y caritativo, que Dios, sin esperar su muerte y mientras se encontraba en la plenitud de su edad, le ciñó la cabeza con una aureola que no lo dejaba de día ni de noche". Pero como en muchas otras obras de Ayrné, lo que en un primer momento es una bendición, se transforma luego en estigma o maldíción y por más pecados y bajezas que cometa a conciencia el pobre Duperrier, la dichosa aureola no lo abandonará jamás. El mensaje es demasiado claro: ¿no?

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LA TERCERA, suplemento “Cultura”, pág. 11, sábado 24 de marzo de 2007.

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