

Por Francisco Véjar
En La tierra baldía (1922) de T.S. Eliot (1888-1965) aparece en su totalidad como diría el ensayista y traductor español José María Valverde “un vasto collage de referencias culturales, poéticas o artísticas, a menudo en lenguas exóticas, mientras que en las imágenes se alternan los recortes gráficos, realistas, con las imágenes subconscientes, las metáforas y los símbolos de oscuro origen”. Ese vasto collage se transformó en el espejo y resumen del mundo contempóraneo. Para Eliot no fue época fácil. Gran parte de los poemas que constituyeron su obra capital fueron escritos después de la Primera Guerra Mundial. Momentos de estrecheces económicas y de conflictos personales. En 1916 le escribe al poeta y crítico norteamericano Conrad Aiken: “Lo que he vivido en los últimos seis meses me da material para una serie de poemas largos”. Recordemos que su esposa Vivienne Haigh-Wood, sufría grandes crisis nerviosas que la llevaron a estar en varios centros de rehabilitación psicológica. Estas experiencias con su esposa, únicas e intransferibles, serían parte medular de las secciones urbanas de La tierra baldía.
En 1914 se encuentran T.S. Eliot y Ezra Pound, occasion en que le mostró el original de su poema “Prufrock”. El entusiasmo de Pound fue tal que escribió inmediatamente a Harriet Monroe, quien estaba a cargo de la revista “Poetry”, recomendando la publicación de dicho texto, el que, según él, era el mejor poema que había leído de un norteamericano. En aquella época Pound animaba las tertulias literarias y era reconocido como maestro y estilista. Su interés por los nuevos talentos adquiría tal compromiso que creó, en 1922, una asociación llamada “Bel Esprit”, cuyos postulados decían: “Ya no queda civilización organizada ni coordinada, sólo individuos sobrevivientes, dispersos... lo único que se le puede dar al artista es tranquilidad (ocio) para trabajar. La única manera de obtener obras es asegurándoles tal ocio”.
Armando Uribe, en el primer ensayo que se escribiera sobre Pound en lengua castellana (Colección “El espejo de papel”, Editorial Universitaria, 1963), dice: “Ayudó a Eliot personalmente, de su bolsillo, privándose de lo necesario porque no tenía entonces más de lo necesario. Le acompañó, discutió con él, sacó partido de sus discusiones, vigiló sus ejercicios técnicos, material en la cual Eliot le reconocía preeminencia, recortó The Waste Land, transformándola en lo que es ahora, las 19 páginas inglesas más notables del siglo. ¿Qué no hizo por él, entre 1914 y la década de los años veinte?”.
Antes de La tierra baldía, T.S. Eliot había publicado, en 1917, el libro La canción de amor de J. Alfred Prufcock y otras observaciones, menuda plaquette cuyo contenido poético ya sorprendía a los lectores atentos de su época. Tres años más tarde aparece otro opúsculo de poemas, titulado Ara Vus Prec (Ahora os ruego), cita tomada de la frase que exclama Arnaut Daniel en el “Purgatorio” de Dante Alighieri. Durante el transcurso de estas publicaciones, Eliot preparaba los fragmentos que pasarían a integrar La tierra baldía. Estos fragmentos datan de 1914 en adelante, pasando por su etapa de estudiante en Harvard, su matrimonio con Vivienne, como también el tiempo en que comenzó la carrera de cajero de banco en Londres, e incluso su paso por el sanatorio de Lausana como consecuencia de una crisis psicológica, en noviembre de 1921, donde prácticamente da conclusión a su libro.
Ezra Pound, “il miglior fabbro” (“el mejor artesano”), como le llamara Eliot en la dedicatoria de La tierra baldía, fue la pieza clave en la factura del texto final. Recordemos que Pound revisó y tarjó parte del manuscrito entregado por Eliot, dejándolo en sólo 19 páginas que pasaron a ser las más notables que se escribieran en lengua inglesa en lo que a poesía se refiere. Esta obra fue suficiente mérito para que recibiera, en 1948, el Premio Nobel de literatura. También cabe destacar la aparición de Cuatro cuartetos, publicada por primera vez en 1943, como asimismo su libro Ensayos selectos (1917-1932), donde nos introduce en la obra de autores como Séneca, Shakespeare y John Ford, entre otros.
Ahora, gracias al poeta Piero Montebruno y a Be-uve-dráis Editores, contamos con las valiosas traducciones de la parte expurgada por Pound de La tierra baldía. Para esta traducción Montebruno contó con la edición facsimilar del manuscrito, publicado por Valerie Eliot en 1971.
Uribe, en el “Pretexto” al libro El Eliot de otro(s) poeta(s), nos dice: “Las versions realizadas por Piero Montebruno son respetuosas hacia el espíritu y el ánima de los textos de T.S. Eliot. Son poemas en sí (y en no), tal como lo son sus originales”.
En estas versiones de lo expurgado destacan “Muerte por agua” y “La muerte de San Narciso”, además de otras versions que ya habían sido vertidas al castellano, como: “Gerontion” o “Los hombres huecos”. Traducir la parte tarjada por il miglior fabbro no deja de ser polémico, ya que esa purga literaria contó con la aprobación de Eliot y de toda la crítica contempóranea.
Con respecto a esto ultimo, conversamos con Óscar Hahn, Gonzalo Millán y Luis Vargas Saavedra, quienes respondieron a las siguientes preguntas:
¿La tierra baldía de T.S. Eliot, sería la misma con la parte expurgada por Ezra Pound?
¿Habría tenido la repercusión que tuvo?
¿Encuentra válido traducir esos borradores?
Óscar Hahn
La versión final de The Waste Land pertenece a la poesía; el borrador, a la investigación literaria. Los amantes de la poesía disfrutarán la versión definitiva; los estudiosos se apasionarán analizando los estados por los que atravesó el poema. Lo que no hay que hacer es confundir las dos cosas. Entonces, creo que es válido traducir el primer manuscrito, conservando los fragmentos objetados por Pound. Después de todo, ya fue publicado en inglés y no veo por qué habría que privar a personas de otros idiomas. Lo que no es aceptable es presentar la primera versión como si fuera definitiva. Puede ser útil, sin embargo, traducir separadamente los fragmentos que Pound y Eliot excluyeron, sobre todo porque parece que algunos fueron pensados inicialmente como textos independientes. Pero habría que incluir una advertencia al lector aclarando este punto.
He examinado cuidadosamente el facsimilar del primer manuscrito, que fue editado por Valerie Eliot en 1971. Lo que uno observa de inmediato es que si bien es cierto que hay muchas anotaciones y tachaduras del puño y letra de Ezra Pound, también hay una serie de correcciones que se deben a Eliot, y que ya estaban en el ejemplar que recibió Pound. Por ejemplo, es evidente que los cincuenta y cuatro versos inaugurales fueron eliminados por Eliot y no por Pound. Conjeturar la recepción que habría tenido The Waste Land si se hubiera publicado en su versión original, es un juego de la imaginación que a Borges le habría gustado. Para mencionar lo más obvio, el poema no abría con la citada frase: “Abril es el mes más cruel”, sino con estas palabras menos memorables: “Primero nos pusieron un par de cosas donde Tom”. La versión primitiva es un poema distinto, mucho más largo, y que apunta en una dirección errática. Es un mérito de Eliot haber descubierto la dirección correcta, con la ayuda de Pound, y haber podado sin ningún complejo los versos y fragmentos que obstruían el camino. La lección que necesitamos extraer de la colaboración entre T.S. Eliot y Ezra Pound es que si no nos es posible alcanzar la excelencia de Eliot, al menos deberíamos imitar su modestia, sometiendo nuestros textos al juicio de algún amigo honesto y de buen criterio. Lo que algunas obras perderían en volumen, lo ganarían en calidad, y así nos ahorraríamos el trabajo de tener que leer decenas de páginas perfectamente prescindibles.
Gonzalo Millán
La tierra baldía de T.S. Eliot es un poema meditado y orgánico que presenta límites formales definitivos. El conocimiento de los materiales descartados permite un comprensión más profunda de la composición del libro, pero creo que no altera el designio final de la obra. Si Eliot hubiera pasado por alto las tres cribas efectuadas por Ezra Pound, el poema habría sido mucho más onírico y exagerado en sus visiones, y mucho más lírico en el sentido tradicional. Asimismo habría estado lastrado por opiniones personales que poco habrían favorecido la imagen pública de su autor (entre otras, fueron suprimidas referencias misóginas y antisemitas). Los cortes de Pound llevaron a mejorar ciertos pasajes y contribuyeron a la perfección final de muchos de sus versos.
La tierra baldía puede ser leída de muchas formas, como la autobiografía espiritual de un aspirante a santo en una época materialista; como una crítica satírica de la postguerra europea; como el desengaño de una generación perdida o, según confesión del mismo Eliot, como “el desahogo de un rencor personal contra la vida”. En todo caso, la urbe yerma de emociones religiosas del poeta neoinglés se inscribe en forma originaria en el registro de ciudades horrorosas e irreales que condenan la vida contemporánea. El Londres de 1915-19166, abandonado por la juventud inglesa que participa en la guerra, es retratado como un infierno poblado de ancianos e inválidos, mujeres frívolas y mediocres, hombrecitos rutinarios que marchan al trabajo tocados con sombreros de hongo. La ciudad histórica y secular es descrita como un foco de corrupción y abulia que es preciso abandonar por el desafío intemporal del desierto. El horror de la civilización, según Eliot, sólo puede ser superado de manera individual mediante una vida ejemplar que culmine en la conversión mística y el encuentro con el silencio.
Las ediciones facsimilares que resucitan tachados borradores y restablecen erratas, terminan por revelar fantasmas sugerentes e indican inagotables variantes laberínticas. Las traducciones de los residuos de un refinado proceso verbal alcanzan validez y sentido si, como en este caso, son un pretexto para conducirnos a la lectura renovada de un clásico del siglo reciente y en definitiva a la conversación renovada con las mejores obras del autor.
Luis Vargas Saavedra
Obviamente no sería la misma obra, iría lastrada de lo que Pound le extirpó. Aun así, creo que habría detonado igualmente: la intensa hondura del poema arrasa sus flaquezas: el impacto no se aminora con algunas fallas ocasionales, todo poema largo las incurre.
Siempre interesa conocer la gestación de una obra de arte. Quizás no le importe tanto al lector “común y corriente”, pero incluso a ése le intrigará constatar que una obra de arte nunca cuaja de golpe, sino después de diversos tanteos, o “arrepentimientos” (como los llamaba Velásquez, en cuyos cuadros afloran y se ven). Demuestran que la Musa no es 100 por ciento, sino 10 por ciento del producto final.
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El MERCURIO, “Revista de libros”, pág. 9; octubre 7 de 2000.
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