Oferta caótica:
Tres libros de poesía divergentes

Por Matías Ayala

Las recientes publicaciones de Fernando Hernández, Enrique Giordano y Felipe Ruiz tan sólo tienen en común que fueron escritas en versos y que rondan el deseo.

Que la poesía chilena actual es diversa, es algo que todo lector informado sabe, o debiera saber. Se puede dudar de la calidad de algunos de los "nombres" que circulan, se puede sospechar de la utilidad de hablar de "generaciones" literarias en la producción más reciente; se puede conjeturar que la poesía es un género en perpetua decadencia. Todo eso es posible, y quizás también, cierto. Sin embargo, de la variedad de la poesía nadie duda. De hecho, las antologías poéticas a veces son ilegibles y no sólo por las arbitrariedad del antologador de turno. Esto ocurre más bien porque entre tantas poéticas irreconciliables entre sí, es difícil que la lectura —tentativa como siempre— encuentre una ruta satisfactoria. Entre poetas cerebrales y laboriosos, surrealizantes y "marginales", descentrados e irónicos, el "mercado" poético se encuentra tan diversificado que por momentos, tan sólo parece un caos informe.

Un ejemplo de esta diversidad son los tres libros publicados este año: De cal, de arena y de ripios de Fernando Hernández, El mapa de Ámsterdam (versión completa) de Enrique Giordano y Cobijo de Felipe Ruiz. Estos volúmenes se diferencian más de lo que se parecen. Sus autores no comparten generación posible, tampoco exhiben rasgos formales o manera de abordar sus temas. Es posible, además, que entre ellos no se quieran leer entre sí. Así y todo, los tres se estructuran a partir del sujeto y del deseo erótico. Cada uno lo hace a su manera ya que, como veremos, sus recursos y logros poéticos son disímiles.

El primer libro en cuestión, De cal, de arena y de ripios, de Fernando Hernández, tiene una característica muy escasa en el género poético: su falta de pretensión. Esto se logra con un recurso constante al humor, al habla, al ingenio pícaro y a la poesía popular. Según podemos deducir del libro —y del olvidable prólogo de un Premio Nacional—, el autor tiene cerca de setenta años y su libido no parece haber decaído con los años. Así, el contrapunto gracioso de estos dos elementos arman el texto. Para Hernández —o ese caballero empeñoso que habla en sus poemas—, el deseo no se encuentra bajo el dominio de la corrección política; por esto, exhibe una gama gozosa de machismos, fijaciones fálicas adolescentes y una agudeza singular para el chiste de doble sentido. Por ejemplo, en este trozo de "Coplas a mi prima" —en donde la relación entre vegetales y órganos sexuales es evidente— el autor consigue su cometido: "Las hortalizas le encantan/ tiene un tremendo zapallo,/ del apio relame el tallo/ y la enloquece la callampa./ Es como tonta pa'l nabo,/ cuando logra un buen pedazo,/ me es necesario, enfadado,/ quitárselo a zapatazos". Es factible asegurar que el autor logra lo que aspira, porque no ambiciona mucho. Eso sí que cuando el poeta intenta otros registros, no siempre obtiene el éxito. Los poemas narrativos de corte "popular" —que se encuentran al final del libro— no son tan felices; tampoco los textos en donde ensaya una vena más seria en torno al paso del tiempo.

El mapa de Ámsterdam, de Enrique Giordano, en cambio, es un poema largo de factura, tono y estilo completamente distintos. Su texto, publicado por primera vez en 1985, bordea en la indeterminación entre el poema narrativo y el diario personal, a través de un verso sinuoso. Una serie de cartas —posiblemente ficticias— que enmarcan el poema, se encargan de confundir las opciones. Aun así, es posible encontrar una trama, y ésta podría consistir en el relato retrospectivo del encuentro y desencuentro de una pareja homosexual. El texto es un collage fragmentario de escenas, recuerdos, reflexiones en torno a Miguel (Michael). Hay cambios espaciales —de una pieza en Chile a unos trenes en Filadelfia— y temporales, que contrastan con constantes repeticiones de escenas y de elementos. Entre estas duplicaciones, el poema se va expandiendo de forma no lejana a como trabaja la memoria, insistiendo y alterando con placer ciertos recuerdos. Un tono nostálgico, aunque de contenida emoción, define el libro. Un pedazo de la página 57 lo corrobora: "Han pasado siete años/ Michael/ o tres/ o ninguno/ qué importa?/ Me cuesta reconocerte entre todos esos libros muertos/ esas galerías/ esos estantes/ El mapa del desaliento/ se te ha ido dibujando/ por todas las grietas de tu cara/ Te miro callándome/ sigo lentamente la trayectoria de tus manos...".

A menos que se deba a una errata, Cobijo es el primer libro de Felipe Ruiz (1979). Cobijo destaca, en una primera hojeada, por ser un libro unitario: los poemas se esparcen durante unas 70 páginas, sin títulos, y son en su mayoría de corta extensión. Todos ellos elaboran una serie de relaciones familiares y sexuales, en donde la inocencia y la perversidad, el nacimiento y la muerte se oponen y a la vez se identifican. Mediante el recurso al incesto, Ruiz se muestra como otra variación de la idea de "poeta maldito". Aunque es probable que también se considere un artista de "vanguardia", porque mayúsculas y múltiples voces, secreciones corporales y bebidas alcohólicas, rosas y niños, pueblan sus páginas.

Al contrario del modesto libro de Hernández, éste aspira a mucho, ya que su confusa fragmentación espera ser leída desde diferentes perspectivas. Hacer un listado tentativo es difícil: en clave psicoanalítica, política o "de dispersión posmoderna"; desde una "marginalidad" literaria, social o generacional, etc. Cualquiera de ellas, sin embargo, no satisface a este reseñista. Las recónditas interpretaciones podrán servir a profesores o al poeta para saberse en un camino correcto, pero no ayudan nada a una satisfactoria experiencia literaria. El poema de la página 34, por ejemplo, consiste en exaltar menciones librescas, continentales y de urbanidad decadente sin un ritmo comprensible (a pesar de un segundo verso rescatable): "colas bastardas poblaron mi América/ mi niña no es una rosa no es una rosa no es una rosa/ intoxicada en el monóxido/ en el pisco del padre/ el invernadero derrite su parnaso".

Si me dieran a elegir uno de estos tres libros, me decidiría por el de Enrique Giordano, a pesar de su gran carga "homoerótica". De cal, de arena y de ripios, de Fernando Hernández, da la impresión de ser la antología graciosa de un versificador ocasional. Cobijo, en cambio, se acerca demasiado a otros libros de poesía —que últimamente se publican bastante— en donde el caos oracular se mezcla con las influencias de Maquieira, Zurita, Martínez y Eltit. El mapa de Ámsterdam, en cambio, presenta con consistencia un tono melancólico y un collage que por momentos cuaja de manera certera.

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EL MERCURIO, “Revista de libros”, pág. 10, viernes 21de agosto de 2005.


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