Sexo, vino y cumbia

(y también algo de poesía)

por Roberto Fuentes

Cierta noche de copas con mis amigos y luego de conversar largamente sobre mujeres y fútbol, llegamos, no sé cómo, al tema del viejo verde: aquel adulto mayor que gusta de féminas mucho más jóvenes que él. Cada uno de nosotros contó alguna historia sobre el asunto y creímos zanjar el tema, pero se me ocurrió comentar que a mí me causaban mucho más gracia los viejos calientes. ¿Acaso no es lo mismo?, me preguntaron a coro. Afortunadamente la literatura chilena reciente —y siendo más específico: la poesía chilena de estos años— me ha dado dos libros para ejemplificar las diferencias del caso.

Un viejo verde sólo gusta de jovencitas, un viejo caliente es atraído por cualquier tipo de hembras. Un viejo verde no necesariamente consuma el acto, a veces le basta sólo con mirar o tocar. Un viejo caliente tiene el acto sexual como único fin de vida. Para que quede más claro: Claudio Bertoni representa al viejo verde y Fernando Hernández al viejo caliente (en ambos casos, que quede claro, hablamos de literatura y por sobre todo de voces poéticas).

"Esa niñita/ en la playa/ no piensa todavía/ en el sexo/ pero el sexo/ ya sin duda/ piensa en ella". Estos versos pertenecen al libro de Bertoni Jóvenes buenas mozas (Cuarto Propio, 2002), y en ellos se puede palpar, sin duda, la esencia del viejo verde, el culto por la primera edad, el amor por la ingenuidad, la oscura atracción por la virginidad; todo lo anterior, lamen-tablemente, limita de forma peligrosa con la pedofilia, y si creen que exagero en mi juicio vean cómo este poema, llamado "Fotografías de Rally Mann", termina: "¿cómo/ puede una/ tetita como/ esa brotar en/ doce años?". La edad de la musa es siempre muy importante. En otro poema se reafirma el hecho de que a medida que pasan los años en las mujeres, éstas pierden su atractivo para el viejo verde, pero también se hace notar al mismo tiempo, y para alivio del abogado de Bertoni, la imposibilidad de algún contacto íntimo con una niña: "por un tiempo/ me interesó/ la mamá/ después/ me interesó/ la hija mayor/ y ahora/ me interesa/ la menorcita// (¡la pendeja/ se pasa!)// ¡oh deliciosa/ huesudita inalcanzable!". Una aclaración: no todo es sexo en este libro, también se muestra una profunda admiración por cosas tan simples y tiernas como el bostezo de una escolar sentada en el banco de una plaza.

Fernando Hernández, orgulloso septuagenario, fiel representante del viejo caliente (insisto, como voz poética), nos muestra en su reciente poemario De cal, de arena y de ripios o versos eróticos de un viejo sátiro (Beuvedráis, 2005) que el deseo se burla del tiempo y la ancianidad. Los poemas expulsan machismo y libido, sus versos son totalmente hormonales, primarios, atrevidos: "Tan sólo hace unas horas me separé de ti/ y ya te echo de menos... Me despierto/ y mi sexo reclama la tibieza de tu sexo,/ busco en mi almohada tus olores,/ y como un perro olisqueo y lamo tus calzones". Al leer a Hernández uno piensa que la buena vida no es más que sexo, vino y cumbia; un homenaje a la llamada cultura huachaca. Y quizás esa combinación de elementos, aparentemente tan poco saludable para el cuerpo, es la que provoca en el lector sinceras risas (y también algo de envidia). Otro punto a destacar de este compilado de poemas es la noble y cruda autocrítica que se proyecta. Un ejemplo de esto, donde el viejo caliente admite con hidalguía su precario atractivo, son los siguientes versos: "En mis sueños, te veo/ y me veo, muy feo,/ como en un viejo/ espejo bermejo". Y a partir de esa dura realidad se busca saciar, aún haciendo extremos sacrificios, los bajos instintos y la necesidad de sentirse amado: "calzoncillos que debían usarse dos semanas/ los desecho a los tres días, cosa insana,/ por lo tanto, yo te acuso:/ me has volado, mujer, y me has robado/ la calma y mis costumbres de hombre viejo". Hernández nos convence poco a poco que el destino final del hombre popular que se ha guiado siempre por la alta temperatura de su sangre no es otro que el de morir con las botas bien puestas.

Luego de estas lecturas se tiende a pensar que, en muchos casos, la poesía es más efectiva que cualquiera de esas pastillitas azuladas que venden en las farmacias.

---

EL MERCURIO, “Revista de libros”, pág. 2, viernes 10 de junio de 2005.


---