

Por Hernán Díaz Arrieta
Junto a la literatura oficial, detrás de los escritores conocidos, que todo el mundo nombra, en una trastienda semiclandestina, con algo de subterráneo o sala de castigo, se encuentran las obras y están los autores que no "figuran" ostensiblemente, los libros muy raros o muy audaces, las novelas de clave escandalosa, historias con ataques personales, panfletos incendiarios, todo un pequeño mundo subrepticio, difícil de alcanzar y que constituye el regalo íntimo de algunos coleccionistas.
A veces, cuando surgieron, originaron llamadas de protesta, polémicas injuriosas y hasta desafíos; otras se forjó en torno suyo la conspiración del silencio y les acompañó sólo el comentario verbal, en una ola decreciente de murmuraciones; casi siempre pasaron al olvido, entre dudas y juicios contradictorios, para ubicarse en la penumbra, más allá del renombre, como las anécdotas que llevan al margen o al pie las historias "históricas".
Sería curioso algún día sacarlos de su limbo e intentar una clasificación de esos raros productos.
Con el tiempo, algunos han perdido su fuerza explosiva y suelen utilizarse como documentos. Otros ofrecen simple interés de curiosidad y no provocan sino una pregunta. Los libros de la señora tal, la bella, la desdichada, la trágica, muerta en París, ¿los escribiría realmente ella? Los dos volúmenes en que su ex-marido le contestó, ya se sabe quién los compuso. ¿Hasta qué punto puede prestarse fe a los secretos o pretendidos secretos que un día salió divulgando en un secretario, vuelto, en seguida, a la sombra? Hubo una colección de versos impresa por un caballero muy conocido, tan cándido que su familia recogió la edición: se citan, por ahí, estrofas suyas, epigramáticas. ¿Quién tendrá un ejemplar? Y esa serie de sueños, poemas en prosa o divagaciones extraordinarias que inició un hombre de talento, medio tocado del cerebro, poseído del delirio de grandeza, a principios del siglo..., y esos folletos donde la ingenuidad con nombre de mujer relata sus viajes milagrosos, sus padecimientos, sus confidencias involuntarias, hijas de un espíritu silvestre..., ¿qué será de ellos?
He ahí otros tantos temas para un investigador, erudito y psicólogo capaz de discernir, en el movimiento de las ruedecillas descompuestas, el funcionamiento de la máquina normal, como lo hacen los psiquiatras.
Cierta dama extranjera, penetrante observadora, advertía el gran número de personas y hasta personalidades lindantes con el desequilibrio que la sociedad chilena presenta como tesoro para el novelista de costumbres: ese aspecto del carácter nacional, esa faz obscura, revés de la tapicería, tiene su expresión en una serie de obras relegadas cuyo análisis, emprendido sistemáticamente, podría traernos quién sabe qué revelaciones y, sin duda, más de una sorpresa.
Si alguien, alguna vez, compone ese trabajo de historia literaria, tendrá que darle colocación en ella al libro de don Ricardo Puelma L., que acaba de aparecer con el título de Arenas del Mapocho. ¿Cómo clasificarlo?
El autor lo didica "A Santiago de Chile por su IV Centenario", y empieza con una especie de himno de amor a la ciudad, un himno familiar, cariñoso y jugoso que, por bruscas gradaciones, baja el tono lírico al modo casero y "a la pata llana", sin retóricas.
Es una de sus características y, sin dudas, la que mejor lo estampa. El señor Puelma se declara, desde las primeras líneas, insurgente. Dice de su libro: "Son reflexiones de un tipo del montón que dice lo que siente". ¿Qué mejor medio para apartarse y salir del montón?
En seguida, se lanza.
Tiene sesenta y cinco años de edad, vive en Ñuñoa, ha sido funcionario público, ha viajado, ha construido casas, ha vivido. Y cuenta su vida, sus amores, sus dolores.
Son, decididamente, memorias personales.
He ahí el casillero. Allí cabe todo, desde allí puede hablar de todo, sin más plan que la falta de plan, con una organizada desorganización, viendo y dejando pasar escenas, tipos cuadros, diálogos, anécdotas, recuerdo urbanos, relatos de fiestas, narraciones de crímenes, sátiras políticas y sociales, cosas vistas y oídas; el Parque Causiño, el Cerro San Cristóbal, la carestía de alimentos, el pueblo, la aristocracia, los burócratas, los tenorios, la C. T. Ch., el saqueo de Santiago en 1891, la muerte de Barbosa, los colegios de antaño, las primeras bicicletas, casas de mal vivir, la Plaza de Armas y las mujeres bonitas de hace treinta años; un río de revueltas aguas y turbias arenas.
Todo con poco arte, aunque no sin talento, y siempre ¡con una franqueza!
Ved su autorretrato:
"Yo nací muy soberbio: me gusta torturar a los demás y también torturarme. Soy caja de fondos, donde archivo las ofensas y pocas veces las olvido. Me gusta la lealtad y la franqueza; prefiero diez golpes de frente, que no uno solo por la espalda. Abomino la hipocresía, ese barniz de moral que se ponen los sinvergüenzas para engañar a los tontos. En cuestión de pasiones, no deseo tener nunca la razón; me basta con seguir la voz de mi corazón. Soy sensible al dolor ajeno, porque tengo la nobleza de haber sufrido muchas penurias y miserias. No soy un tipo sociable, porque desprecio a los hombres con su bestialidad del tanto tienes, tanto vales, que es la última palabra para el hombre sociable. Dichosos los que encuentran la felicidad en el hogar y la familia; yo sólo me agrando en la soledad y sufrimiento".
Un hombre que habla en esa forma de sí mismo adquiere o se toma ipso facto el derecho de hablar de los demás sin reticencias.
El señor Puelma usa de ese derecho con amplitud pavorosa; pero, usando o abusando de él, suele alcanzar la plenitud de su expresión y un plano que no dista, seguramente, mucho del talento verdadero; por lo menos de un extraordinario don narrativo.
Hay, injertada en estas páginas desiguales, la silueta de un tío o más o menos tío suyo, por afinidad, que ocuparía sitio distinguidísimo entre los mejores capítulos de las novelas picarescas. ¿Qué personaje aquél, y qué escenas, qué aventuras, qué episodios, trágicos o cómicos, espeluznantes o ridículos! La prosa toma una corriente endemoniada y uno olvida la corrección o la incorrección para penetrar directamente en la realidad. Es como si quitaran de golpe las barreras de las conveniencias, las pinturas y barnices, los telones y entretelones de la comedia, para hacernos asistir, de puertas adentro, al laboratorio íntimo en que se forjan los actos, por fuera respetables, en que se complace nuestra dignidad.
No hay que buscar intención premeditada, que en este tipo de obras suele ser el propósito de una autojustificación. El señor Puelma no pretende ensalzarse, no quiere presentársenos como arquetipo. Es lo constituye, precisamente, su originalidad. Si algún resorte oculto lo mueve, es el deseo, es el impulso irresistible y vehemente de hablar, de confesarse, de comunicarse, de hacer, por fin, explosión y vaciar todo lo que lleva dentro.
Reprodujimos un fragmento de su propio retrato moral.
He aquí otras muestras significativas:
"Todo lo que recibí en los seis años de mi niñez como instrucción, techo, pan y calor de humanidad, se lo debo a la generosidad cristiana. Y sin embargo, en mi juventud odiaba a la religión y a los frailes. Participaba en todos los desfiles radicales apedreando iglesias y lanzando injurias a la Virgen, al Papa y hasta al rosario. Aunque después de mi adolescencia nunca he creído en nada, confieso que estaba envenenado, con un odio estúpido a la religión cristiana, inspirado no tanto por la intervención de sus dirigentes y sacerdotes en la cosa pública, sino por la propaganda del Partido Radical en los colegios del Estado, en la prensa y en el gobierno. Y entre dos aguas esto sólo ha servido para arruinar al país, con la pesca de puestos fiscales para esos tiburones insaciables, que según dicen sólo trabajan por ideales. Yo no sé si puestos en la balanza los Mac Iver, los Matta, Gallo y Pleiteado resultan con más generosos ideales de humanidad y de amor al prójimo que ese humilde cleriguito que me besó, llorando de emoción, el día de mi primera comunión".
Se dirá: un converso, un arrepentido.
No.
Es un hombre que habla, un viejo de sesenta y tantos años, sofocado, desesperado, que recuerda su vida y se confiesa a gritos, que cuenta y recuenta lo que ha hecho, lo que ha visto, lo que ha oído y sufrido, lo que todavía sufre, en la pobreza y en un drama íntimo, el más doloroso de todos, el de la ancianidad y la pasión. Parecen de Dostoievski e impresionan como páginas de La Casa de los Muertos los episodios finales, donde entreabre a los ojos del lector un abismo por el se teme deslizar la mirada y cuya sola alusión da escalofríos.
Imposible citarlo.
No es un converso, no está arrepentido; más bien es un condenado y un encadenado lamentándose.
Entre sus temas generales porque lo íntimo sucede, aquí, sin transición, a lo público vuelve con insistencia a los capítulos del libro el cáncer de la burocracia suculentamente rentada que arruina al país. Es una obsesión: casi no ve otro origen de los males políticos y económicos. La hipocrecía de los grandes ideales redentores que cubre la avidez real de los grandes sueldos, de las prebendas, de los negocios, de las "coimas" y los millones del presupuesto.
Sin embargo, hombre no de lógica ni de ideas sistemáticas, sino de impresiones u obsesiones, el señor Puelma conserva su ilusión doctrinaria y cree todavía en que los partidos avanzados, con vistas a la dictadura, siempre que se llame del proletariado, tienden al bienestar del pueblo y sonríe ante los que ven ahí la prolongación de la burocracia, la dictadura administrativa y la multiplicación hasta el máximo de ese sistema de grandes sueldos y las grandes prebendas que no cesa de condenar.
Pero no le pidamos demasiada coherencia.
Con un poco de reflexión, sin apasionamiento, desde luego, no habría escrito su libro.
Estaría fuera de lugar y pecaría de ingenuo exigir cuentas estrictas al escritor que inicia unos tres juicios literarios con este exordio:
"Aunque frente a nuestros intelectuales yo soy un pobre diablo, casi un analfabeto de las letras..."
Y que lo dice sin falsa modestia, con una visible sinceridad.
Un hombre y un libro así están más allá del bien y el mal. La tarea de abrumarlos resultaría tan fácil que se vuelve imposible: él se ha adelantado ya a todas las opiniones y se ha puesto fuera del alcance de la crítica.
Hay, solamente, que examinarlo.
Caso curioso y doloroso, caso en muchos aspectos ejemplar, no se le puede medir con la vara común ni ubicar en los rangos conocidos del mundo literario. Se sale de categaría. Deserta del coro acompasado en que las voces adiestradas se reparten los distintos papeles y cantan su canción de izquierda o derecha, conforme a ciertos cánones. Le gusta mucho, le entusiasma Joaquín Edwards Bello y nota con fineza la facultad de crear que cada línea suya exhala y cómo renueva, por virtud de una palpitación interna, los temas que roza. Desde el fondo subliterario, su talento o su temperamento se enlaza con esa figura poderosa y revelde la saluda. En cambio no le gusta Gabriela Mistral, no puede verla y no ha querido, dice, aguantar para proclamarlo la hora de su muerte, como aquel que en su última hora declaró que le cargaba Cervantes. Señala con esa confesión uno de sus límites.
Arenas del Mapocho un título bien hallado finaliza con un cuento de bandidos, tomado según parece del natural y escrito a modo nervioso, rápido, apremiante, lleno de razgos ligeros y felices, digno de un gran narrador. Una colección de relatos por el estilo daría al autor sitio de preferencia sobre los buenos artistas criollos. Equivale a un certificado de talento.
Pero no le saquemos de su categoría ni le pongamos en el rango de los escritores normales.
Necesitaría cambiar mucho y acaso perdiera su tinte original, su rebeldía ingénita.
No lleva, por designio expreso, el traje que permite al hombre "salir a sociedad" y él mismo lo rehusaría, sintiríase tan incómodo como aquella vez que se presentó, vestido de calle, en un teatro de Londrés.
Hay que oírle el caso:
"Yo noté que (los ingleses) me miraban mucho en la calle y con cara poco amable. Consulté con un italiano de un bar y me dijo que, seguramente, era porque llevaba una barba de tres días. Me afeité inmediatamente, y cesaron de mirarme. En sus restaurantes populares se exige en las mesillas reservadas una corrección en el comer que esté a la altura del ambiente, con sus mantelitos de hilo, sus cubiertos de plaqué, sus cristales y porcelanas. Yo noté que mis vecinos me miraban mucho, sobre todo las mujeres ya maduras, y no acerté a explicarme el motivo, sino cuando quité el codo de la mesa y usé con más corrección mi cubierto.
"Otra vez asistí a un teatro de revistas llamado Alhambra. El espectáculo era más o menos igual al que puede ver cualquier vecino en el Casino de Buenos Aires. Por ignorancia, sin conocer la etiqueta, la segunda noche de mi llegada me metí en platea, que costaba media libra la butaca. Llevaba un terno plomizo de una libra, que acababa de comprar como una ganga, zapatos amarillos cubiertos de polvo, por haber trajinado todo el día por las calles sin lustrármelos. Yo he sido siempre en estas cosas muy despreocupado, pero aquí se me pasó la mano y recibí un justo castigo. Desde luego, me llevaron a un lujoso guardarropas donde tuve que dejar mi modesto calañés en manos de elegantes señoritas. Ahí vi colgados sombreros de alta copa, soberbios bastones, bufandas de seda y abrigos impecables. Comencé a comprender, aunque tarde, que había metido la pata. Luego, otra damita de uniforme de seda me condujo linterna en mano hasta mi asiento, pues la sala estaba obscurecida y sólo había luz en el escenario. Por eso no me di cuenta de inmediato de mi tremenda plancha, pero ya la presentía, desde que crucé la sala cubierta con una gruesa alfombra afelpada. Luego mi asiento era un gran sillón de terciopelo, y frente a él corría a lo largo de la hilera una barra de bronce para descansar cómodamente los pies. Terminado el acto en la escena, se hizo una violenta luz en la sala, en espera del número siguiente. Esos minutos me parecieron siglos de bochorno y vergüenza. Desde luego, quité los pies de la barra como si hubiera recibido un choque eléctrico, pues a lo largo de los doce sillones de esa fila se ostentaban las zapatillas charoladas de los hombres, y las de raso y cueros dorados adornadas con alhajas de las mujeres. Los hombres vestían de gran etiqueta: esmoquin o frac, alba pechera con colleras de perla, y ellas, trajes de recepción en las sedas más finas. Petrificado y encogido como un miserable gusano, pasé sudando de vergüenza las dos horas y medias que duró el espectáculo, hasta que el God save the King del final de la función puso fin a mi tormento".
El incidente es típico y define bien la situación literaria del señor Puelma. No usa el traje convenido ni le preocupa el lustre de los zapatos o de la pechera; se lleva a menudo, peligrosamente, el cuchillo a la boca y pone los codos y algo más sobre la mesa.
Pero los lectores no exigen tanto como los ingleses y, en un libro se perdonan y hasta celebran esas cosas. La demasiada corrección concluye por fatigar y hace falta, de cuando en cuando, éstos que rompen la medida, se sacan la chaqueta y hablan delante de todos, como si estuvieran solos. Siempre que no lo hagan, como algunos, por sistema y con cálculo, para recibir el aplauso de la galería…
---
Texto extraído desde el libro Memorialistas chilenos, crónicas literarias de Hernán Díaz Arrieta (Alone). págs. 175-181. Empresa Editora Zig-Zag S.A., 1960.
---