


por Francisco Véjar
En la Antología del verdadero cuento en Chile, publicada por Miguel Serrano en 1938, se produce, como en pocas muestras de su género, la singularidad del hallazgo y de lo fundacional. Sin ir más lejos, muchos de quienes integran dicha antología aún perduran en nuestra literatura. Para comprobarlo basta citar a Juan Emar, Carlos Droguett, Braulio Arenas, Teófilo Cid, Eduardo Anguita y al ya mítico Héctor Barreto. Un grupo que se rebelaba contra nombres consagrados del criollismo como Mariano Latorre, Luis Durand, Rafael Maluenda y Fernando Santiván.
Una vez publicada la Antología… se desató una polémica en la revista“Hoy” y en el diario “La Opinión”, desde cuyas páginas Salvador Reyes y Vicente Huidobro, respectivamente, lanzaron sus dardos contra este libro, aduciedo cierta arrogancia y artificio en sus componentes. Alone, por su parte, llegó a decir en un programa radial de la época que la antología era como un equipo de fútbol, de 11 escritores.
Lo cierto es que desde el prólogo, Miguel Serrano disparaba su artillería y sacudía el ambiente literario del año 1938. Refiriéndose a sus contemporáneos chilenos y a escritores de otras latitudes, afirmaba: “Nuestra generación está desamparada, no tiene dónde expresarse. Pero no habrá de arrastrase. La lucha está planteada. (…) Se dirá: ¿y Maupassant, Bret Harte, Gorki, Baldomero Lillo? (…) ¿Quiénes son? ¿Han sido acaso cuentistas? No lo creo. Yo los considero simples narrradores, perfectos si se quiere”.
La respuesta no se dejó esperar: en el año 1941, Nicomedes Guzmán publica Nuevos cuentistas chilenos, en donde se reúne a narradores de la vertiente realista. En el prólogo sitúa a Baldomero Lillo como “el más grande personero del género” y desarrolla su propia definición del cuento. Y como antítesis al universo psíquico y hasta surreal que habían propuesto los autores seleccionados por Serrano, Guzmán hace una suerte de postulado de lo que para él sienta las bases de la literatura realista, centrada generalmente en los extramuros de la ciudad. Al respecto escribe: “El suburbio, aquejado hasta ahora por tanto mal de traición literaria y estética, encuentra en la corriente de los nuevos valores personeros de certera pupila”. Se refería a Francisco Coloane, Juan Godoy, Oscar Castro y Gonzalo Drago. Menos recordados hoy, estaban Homero Bascuñán, Nicasio Tangol, Reinaldo Lomboy, Juan Donoso y Baltazar Castro, entre otros.
Recordemos que en ese entonces Santiago mostraba aún en su paisaje aspectos rurales, pues la ciudad recién se estaba urbanizando (por ejemplo, Ñuñoa era básicamente un área de chacras) y había escritores que desarrolloban su literatura precisamente desde esa periferia. Inevitable era por lo tanto el choque de dos tendencias que, a grandes rasgos, se pueden calificar de onírica y realista. El escritor y ensayista Luis Sánchez Latorre dice respecto de los representantes de esta última: “Escribían una literaturra de carne y hueso que reflejaba la tremenda contingencia social de esos años”. Entonces gobernaba el país Arturo Alessandri Palma y ya se atisbaba la llegada del Frente Popular, con Pedro Aguirre Cerda. Por lo mismo los escritores tomaban posiciones tanto en lo político como en lo cultural.
Por su parte, Miguel Serrano dice refiriéndose a la corriente onírica: “En aquellos años todos los relatos que se conocían eran cuentos criollos. Narraciones que trataban del campesino, del inquilino, del capataz, como los de Mariano Latorre. Estaban relacionados con la vida artesanal y de trabajo. La interpretación que nosotros le dábamos a nuestra tierra, a la patria, era una cosa más profunda, mágica, algo que nacía por el hecho mismo de ser chilenos. Todo lo que hacíamos tenía la impronta de la chilenidad profunda”.
El cuento, género telúrico
En esta valiosa reedición de la Antología del verdadero cuento en Chile publicada por Be-uve-dráis, se incluye un relato inédito de Héctor Barreto que apareció glosado por el propio Serrano en su libro Ni por mar ni por tierra (1950), y que lleva por título “Jasón”. Este relato, según Miguel Serrano, “es algo más que un cuento. Era el sueño de Barreto, quien se creía una reencarnación de aquella época mitólogía”. Al referirse a su autor lo hace con emotividad: “Tantas cosas han desaparecido, pero ahí están los rieles, esos rieles por los cuales caminábamos con Héctor Barreto, que era líder de ese grupo y de esa generación”.
Los otros autores de esta antología son Pedro Carrillo, Adrián Jiménez, Juan Tejeda, Anuar Atías (Guillermo), Juan Emar, Teófilo Cid, Braulio Arenas, Eduardo Anguita, Carlos Droguet y el mismo Miguel Serrano. Ellos muestran un mundo surreal de verdadera solidez literaria, aunque algunos dejaron de escribir, como Carrillo y Jiménez. Barreto, ya se sabe, murió prematuramente.
Lo primero que asombra de este libro es el prólogo escrito por Serrano a la edad de 21 años, que muestra una lucidez poco usual para penetrar en temas inmanentes al ser chileno y a la concepción que desarrolla en sus páginas sobre el peso de la cordillera de los Andes y a la creencia de que tras ella se impone la nada. “El inconsciente acumula el peso de la tierra, de la montaña, del destino del polvo asegura. Sin duda, es algo que nos determina al interior de nuestro mundo psíquico y mágico”.
Por su parte, Eduardo Anguita, al referirse en su momento a esta antología, escribió: “Serrano pretendió sentar el axioma absoluto de que el género cuento era la forma precisa y exclusiva del ser chileno. Serrano le daba a esta manifestación literaria la jerarquía de una escritura sagrada (…), inspirándose en las revelaciones de ‘nuestro paisaje anímico’” (La belleza de pensar, Editorial Universitaria, 1987).
Serrano, en efecto, llegó a decir: “Chile es un país de cuentistas”. El novelista, asegura, es una persona que trabaja a través de un tiempo largo, con grandes propósitos. El nuestro, en cambio, es un país de cataclismos, de corto aliento, en el sentido de que las cosas que se construyen, se destruyen de igual manera y sus habitantes se levantan una y otra vez para comenzar de Nuevo. “El cuento, por lo tanto, era lo más apropiado a la psicología del chileno”, concluye Serrano.
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EL MERCURIO, “Revista de libros”, pág. 9, sábado 2 de diciembre de 2000.
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