


Por Filebo
Acaba de aparecer la segunda edición de la “Antología del verdadero cuento en Chile”, que Miguel Serrano publicó en 1938, a la edad de 21 años. El libro estaba dedicado a la memoria del extraordinario narrador y amigo Héctor Barreto, militante de la Juventud Socialista, de cuya muerte acaecida a raíz de una bala salida de un grupo de activitas nazis, en un entrevero nocturno del enclave de calles de San Diego con Avenida Matta, se cumplían dos años.
El volumen, con evidente sello de discusión en el título “del verdadero cuento en Chile”, reunía relatos de los siguientes autores: Pedro Carrillo, Braulio Arenas, Adrián Jiménez, Juan Tejeda, Eduado Anguita, Juan Emar, Carlos Droguett, Anuar Atías (el Guillermo Atías de años más trade), Miguel Serrano, Héctor Barreto.
El antologador del “verdadeo cuento en Chile”, Miguel Serrano, escribía en el prólogo: “Esta antología no puede ni desea tener un carácter excesivamente pesado o definitivo; es, para decirlo como todos, absolutamente relativa. Porque los cuentistas vendrán apareciendo con una velocidad increíble, desde la misma vegetación, desde nuestras selvas del sur, desde donde uno menos lo piense. Aquí se puede repetir la historia que me contaba alguien: 'Un día llegué a mi casa y me encontré, sobre la silla de mi dormitorio, a un cuentista fumándose mis propios cigarrillos'”.
Al frente de la edición actual magnífica, impresa con todo esmero, la primera era notoriamente artesanal, impresa en la Imprenta Gutenberg, con un dibujo de “Alhué” en la portada… escribe Miguel Serrano: “1938-2000. Sesenta y dos años. Más de medio siglo. Éste fue el primer libro que publiqué… Abro las páginas de esta antología y leo los nombres de sus escritores. Todos ya se fueron, ninguno queda en esta tierra, salvo yo, para poder recordarles, grabando en la roca de los Andes sus nombres con signos rúnicos, los que permitirán que el olvido sea derrotado y, conmigo, con mi amor por ellos, con mi estremecido recuerdo y mi agradecimiento, pasen a viajar en la luz de una estrella, para siempre”.
Recordamos que la difusión de este libro suscitó ancha polémica en la prensa de su tiempo. El neocriollismo, el “angurrientismo” y el realismo social despuntaban ya como flores nuevas en el campo de la narrativa chilena. Se vio en el volumen compilado por el joven Serrano, altamente pasional en su denuedo combativo, una posición en extremo sectaria con respecto a la evolución normal de nuestra cuentística.
Tres años separan la publicación de la antología de Serrano de la aparición del volumen “Nuevos cuentistas chilenos”, de Nicomedes Guzmán (1941), donde el realismo y el criollismo cobran poderosos y alentadores bríos. Se trata, sin duda, de una réplica a la obra “suprarrealista” de Serrano.
El poeta Francisco Véjar se encarga de hacer en la contratapa el papel justiciero del Tiempo (¡Oh, tiempos; oh, costumbres!). Pergeña, no sin lirismo natural, la excursión creadora que para nuestra literatura supone la presencia de Miguel Serrano. Portavoz del reconocimiento de los jóvenes, Véjar confirma con su entusiamo la solidez presente del conjunto de narradores reunidos por Serrano.
Una novedad ultrapersonal: para mí, el más débil del conjunto es Juan Emar (Álvaro Yáñez), que en los años 40 ejercía una suerte de perturbadora fascinación entre los jóvenes. Hoy no soporto el infantilismo de juntar nombres como Desiderio Longotoma, Matilde Atacama y Rudecindo Malleco en un mismo cuento. El afrancesado Emar era bueno para reírse de Chile a costa de los chilenos.
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ÚLTIMAS NOTICIAS, martes 2 de enero de 2001, página 42.
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